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“Innovar tiene que ver con cuestionar la realidad social”

CIENCIA › GUSTAVO SAN JUAN, ARQUITECTO, INVESTIGADOR ADJUNTO DEL CONICET


Su laboratorio desarrolló un calefón solar que cuesta un tercio de los tradicionales y puede fabricarse en una mañana. El objetivo es llevar agua caliente a poblaciones de bajos recursos. Desde 2001, fueron distribuidos más de 1500. Ciencia, innovación y compromiso social.

Por Pablo Esteban- Página 12

En su acepción más directa “innovar” significa introducir una novedad. Pero para introducir una novedad se requiere creatividad y para cultivarla es necesaria cierta cuota de rebeldía. Cuando la ciencia se desmarca de los cánones, se corre de las tradiciones y asume riesgos, las posibilidades de transformar la realidad se vuelven menos utópicas. Porque cuando los cerebros trabajan en equipo, el conocimiento comienza –por fin– a tener algún sentido para los seres humanos.

Gustavo San Juan cultiva esta perspectiva y asegura que “la comodidad perturba el ejercicio científico que verdaderamente modifica la realidad”. Es arquitecto, investigador adjunto del Conicet y además, dirige el Instituto de Investigaciones y Políticas del Ambiente Construido (IIPAC, UNLP) y el Laboratorio de Modelos y Diseño Ambiental. Aquí, narra cómo funcionan los sistemas diseñados por su equipo, explica por qué es importante la producción científica cuando se aplica a los problemas cotidianos de las personas y colma de sentido el concepto de innovación a partir de sus propias experiencias con los sectores más desfavorecidos de la sociedad.


–Usted es director de un instituto y de un laboratorio. Cuénteme qué hacen.


–Analizamos la ciudad (los sectores residenciales, la salud, el transporte, etc.) en relación al consumo de energía y su impacto ambiental. El Instituto se creó en 1985 y desde 2012 soy el director. Por otra parte, en 2003 se conformó el Laboratorio. Mientras el primero se basa en generar información básica, el segundo se enfoca en los desarrollos aplicados. Trabajamos a partir de una premisa central: el aprovechamiento de la energía solar como fuente fundamental.


–Con el cambio de siglo y la situación que afrontaba el país decidieron concentrar los esfuerzos en los sectores más desfavorecidos.


–Exacto, en el 2000 con más del 40 por ciento de la población argentina debajo de la línea de pobreza reflotamos una línea de investigación que pretendía colaborar con los sectores de escasos recursos. Al poco tiempo, desde el Laboratorio comenzamos a desarrollar sistemas solares orientados a cubrir necesidades básicas que se vinculan ni más ni menos con el acceso al agua caliente. En muchos casos, aparatos como los calefones son tan caros que se vuelven imposibles de adquirir. Entonces, junto a los barrios, desarrollamos los colectores solares para generar agua caliente. Luego, seguimos con el diseño de calefactores de aire para las viviendas. En la actualidad, la línea es mucho más amplia porque trabajamos en temáticas como la electricidad segura, tratamiento de efluentes domiciliarios, etc.


–¿Cómo surgió la idea de desarrollar los calefones solares?


–Las ideas surgen en el seno de la universidad. De modo que el propio producto se realiza en laboratorio y en campo casi al mismo tiempo. Desde aquí, hay una cuestión muy interesante a tener en cuenta: la aceptación social. Si las personas no lo ven útil no lo incorporan. Hay una anécdota que ilustra esta cuestión.


–Cuénteme…


–Una vez brindaba un curso en un barrio para enseñar a los vecinos cómo utilizar los calefones solares. De modo que les comentaba que su eficiencia es incomparable con los ejemplares que vende el mercado pero que, sin embargo, se pueden construir en tan solo una mañana con herramientas muy corrientes. Les explicaba que nuestro equipo, en condiciones normales de invierno, es capaz de brindar 80 litros de agua caliente a 40° C. Y uno de los vecinos me interrumpe y señala: “Gustavo, nos estás diciendo que nosotros podemos contar con 160 litros a 20° C por día en pleno invierno, no hables más. Si nosotros jamás tuvimos agua caliente”.


–¿Cómo pueden ser construidos en tan solo una mañana?


–El sistema de transferencia tecnológica que desarrollamos se basa en cursos de campo que realizamos en el barrio en que se van a colocar o bien en la universidad. Durante algunas horas, nosotros les explicamos a los vecinos todos los conceptos físicos involucrados a partir de la exhibición de experiencias. En una segunda etapa, les transmitimos un video que tiene unos 10 minutos de duración y, por último, les brindamos un manual de autoconstrucción, que elaboramos nosotros. Y luego nos vamos. Es sorprendente el modo en que la gente logra armarlo en tan solo unas horas.


–¿Y cómo funciona?


–Es un sistema elemental que funciona con un puñadito de criterios. Uno es el efecto invernadero: nosotros producimos una caja (de metal, de madera, etc.) y una cubierta transparente (nylon, vidrio o policarbonato). Cuando el sol la atraviesa, se calienta el aire conservado al interior de la caja. Las radiaciones de onda corta aumentan la temperatura del recipiente y se generan radiaciones infrarrojas de onda larga que quedan atrapadas.


–Algo similar a lo que ocurre cuando, sobre todo en verano, las personas dejan el auto al sol.


–Exacto. Por otro lado, se requiere de un elemento que comunique el agua para que llegue a destino. De modo que pensamos en la manguera que las personas utilizan para regar que, como es negra, también concentra las radiaciones solares. Como los materiales en la ferretería son muy caros, desde el laboratorio diseñamos las matrices para producir los insumos directamente. La idea es armar un sistema semiindustrializado. Seguimos la política del sistema científico y universitario que implica no quedarse con las regalías del producto. En efecto, todo lo que hacemos está en internet, en el repositorio institucional. Cualquier persona que lo desee puede acceder a la información y construirlo por su cuenta.


–¿Y cómo se colocan? Hay casas que no tienen la estructura suficiente para construir un colector en altura.


–Sí, por ello muchas veces las personas los colocan en el piso y los conectan a una canilla. Es la condición más precaria pero al menos garantiza agua caliente.


–Si son solares, ¿qué ocurre cuando el sol no está?


–Cualquier sistema solar del mundo funciona cuando hay sol. En efecto, se produce energía durante el día que es almacenada en recipientes con ciertas características térmicas que garantizan la conservación de la temperatura. Además, la pendiente del colector la graduamos de acuerdo a la estación en que nos encontramos, ya que en invierno como señalas las radiaciones llegan de modo distinto.


–Por último, ya que usted lleva muchos años en la producción de artefactos y diseña mecanismos cuyo objetivo es mejorar la calidad de vida de las personas, ¿cómo definiría el concepto de “innovación”?


–Innovar tiene que ver con cuestionar la realidad social. Existe innovación cuando utilizamos materiales que no son habituales en sistemas que uno diseña. A veces, se vincula más a una cuestión organizacional. Es decir, pensar en cómo las personas se organizan para adoptar tal o cual sistema. Otras veces se relaciona más a lo productivo, a la facilidad de armado. La accesibilidad respecto a un producto que se conforma a partir de un proceso muy simple de autoconstrucción. Innovar es utilizar algo que ya existía y encontrarle una utilidad original.


–¿Cómo se hace para ser innovador?


–Bueno, es algo muy complejo. Desde muchos ámbitos científicos no se comprende la riqueza y la necesidad de trabajar en equipos interdisciplinarios. Es mucho más simple estar en el laboratorio, sentarse en la misma silla de siempre y generar papers. La comodidad perturba el ejercicio científico que verdaderamente modifica la realidad. Para ser innovador hay que desatender un poco los cánones, desapegarse de la tradición y de las formas habituales de investigar. En la vida hay que tomar ciertos riesgos. Ya es tiempo de quebrar el paradigma de científico como genio solitario.


poesteban@gmail.com


Nota publicada en Página 12 el día 24-08-2016: http://www.pagina12.com.ar/diario/ciencia/19-307628-2016-08-24.html


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